Me llevé las manos a la cara y contuve las lágrimas de frustración, junto al dolor causado por lo que esa mujer acababa de hacerme. Ella se había ido y dejado allí, sola y a la deriva, sabiendo que nunca iba a llevarme a casa. Seguramente al día siguiente le contaría a sus amigas como se había burlado de la ingenua esposa del Ceo Bastián. Ellas se reíran de mí.
Cuando me sentí un poco mejor para irme a casa, eran casi las 2 de la mañana y estaba lloviendo demasiado como para caminar o pedir un