—¡Ni te atrevas! No eres bienvenida aquí—dije y le pedí a los niños que salieran y subieran al auto—, Sí no te importó dejarlo solo por tantos años, que no te importe ahora—respondí cuando se alejaron.
—¡No puedes negarle que soy su madre!—reclamó—, Es mi derecho, así que iré por él.
—Créeme que sí te le acercas no responderé—advertí—, No me importará nada, pero Gian no merece sufrir por una cualquiera.
Se quedó mirándome perpleja y salí en búsqueda de los niños. Subí al auto y los vi conversa