—¡No! ¡No es así! ¡Yo intenté…! ¡Yo intenté hacerlo bien! —exclamó Somali, sintiendo que su corazón se quebraba.
—Pero no fue suficiente. Nunca lo fue.
Las palabras la golpearon como un látigo. Somali sollozó, mientras se ahogaba en sus sentimientos de culpa.
Fue entonces cuando sintió una mano en su mentón, obligándola a levantar la cabeza.
—Todo es culpa de Dorian —la imagen de su padre expuso esto—. Es su culpa.
Somali ya no podía más. Sus muñecas estaban en carne viva por forcejear contra l