Cuando Somali regresó, el silencio de la noche aún envolvía la mansión como un manto denso y pesado. Sus pasos, aunque ligeros, crujieron sobre las viejas maderas del vestíbulo, y mientras ascendía las escaleras hacia el segundo piso, sintió el peso de una mirada fija sobre ella. Dorian estaba allí, de pie frente a la ventana de su habitación, apenas iluminado por la pálida luz de la luna que se filtraba entre las cortinas. Él no había dejado de mirarla desde el momento en que la vio acercarse