El vestido negro se deslizó como agua nocturna sobre la piel de Mariana. Era un Versace prestado por la empresa para la ocasión, con un escote que dibujaba una perfecta V en su espalda y pequeños cristales que parecían estrellas atrapadas en seda. Frente al espejo de su habitación, apenas reconocía a la mujer que le devolvía la mirada.
—Pareces sacada de una película —dijo Sofía, sentada en la cama, observándola con una mezcla de admiración y preocupación—. Pero tus ojos... están apagados.
Mari