Anna no respondió a la pregunta de Mikhail. En vez de eso, sin decir una palabra, corrió al regazo de él y lo abrazó fuertemente.
Sus brazos se aferraron a su cuerpo, como si temiera que el momento se desvaneciera, como si necesitara sentirlo vivo, real.
—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro, con la voz quebrada por el temor y el alivio.
Mikhail la apretó más contra él, aspirando profundamente, como si necesitara impregnarse de su esencia, de su calor.
Durante un instante, el mundo se detu