Al día siguiente, Mikhail no perdió el tiempo. Apenas llegó al hospital, su único objetivo era dirigirse al consultorio de María. La ira bullía en su interior, todavía no podía sacar de su mente la imagen de la piel lastimada de Anna.
—Buenos días, director —lo saludó la secretaria de María, con su habitual sonrisa formal.
—Buenos días —respondió Mikhail con voz dura, aunque su enojo no estaba dirigido a ella—. Dile a María que estoy aquí —agregó, con tono áspero.
La secretaria, algo nerviosa a