El lujoso salón principal de la mansión Petrova brillaba con la luz de la tarde, mientras Olga Petrova, rodeada de sus amigas más cercanas, compartía una elegante merienda. Las tazas de porcelana fina descansaban sobre platillos de plata, y el aroma del té se mezclaba con el dulce perfume de las galletas recién horneadas.
El ambiente, a simple vista, era de calma y sofisticación, pero bajo la superficie, las miradas críticas cortaban como cuchillas.
—Olga, amiga, ¿cómo es que Mikhail tuvo un h