Mikhail levantó la mirada hacia su secretaria, que ahora se acercaba lentamente al escritorio. A la cual el rostro pálido y ojos vidriosos la delataban.
—Señor, por favor… le ruego que me deje conservar mi trabajo.
Mikhail la observó con frialdad, mientras sus dedos tamborileaban en la mesa de madera.
—A ver, dime algo —dijo en tono bajo, pero con una intensidad suficiente para hacerla temblar aún más—, ¿cuántas cosas más, similares o perjudiciales para mí, has hecho a mis espaldas?
La mujer se