Los días habían pasado lentamente desde que Anna y Mikhail regresaron a la villa. Ya que él no accedió a quedarse en la mansión Petrova, como ella le pidió, pero sí le dio el espacio que necesitaba.
Dormían en habitaciones separadas, y aunque Mikhail intentaba acercarse a ella, como esposo, Anna había levantado barreras impenetrables. Era como si una muralla invisible los separara, una distancia emocional que Mikhail no sabía cómo derribar.
Una mañana, Anna salió de su habitación y, al abrir l