Mikhail la seguía mirando con el rostro rígido, y Anna no pudo soportarlo más.
Se desmoronó, incapaz de contener las lágrimas que inundaban sus ojos. Con ambas manos se cubrió la cara, dejando que las lágrimas se deslizaran entre sus dedos.
Su cuerpo temblaba con el peso del arrepentimiento y el dolor. Cada sollozo era como un grito ahogado que reverberaba en la habitación, pero Mikhail se quedó inmóvil, mirándola en silencio, con el ceño fruncido, mientras luchaba contra el torrente de emoci