Sacrificios

Las luces rojas y azules de las sirenas del FBI parpadeaban violentamente, tiñendo las paredes descascaradas del motel con un resplandor macabro.

—¡Tienen un minuto para salir! —la voz del agente resonó por el altavoz, cortando el sonido de la lluvia—. ¡Cualquier intento de fuga será respondido con fuerza letal!

El aire en la habitación 114 se volvió irrespirable. Mi corazón latía con tanta fuerza que amenazaba con fracturarme las costillas. Di un paso atrás, instintivamente buscando una salida que no existía. Las ventanas daban a un callejón sin salida; la puerta era nuestro único camino, y al otro lado nos esperaba un pelotón de fusilamiento federal.

—Caleb... —susurré, el pánico estrangulándome la voz—. Thorne nos tendió una trampa. Si te arrestan con ese disco duro y el dinero en efectivo, el juez creerá que estabas intentando comprar un pasaporte falso o huir del país con secretos corporativos. Te van a sepultar.

Caleb no me miró de inmediato. Sus ojos oscuros escanearon la habitación destrozada, calculando variables, evaluando el riesgo con la misma frialdad con la que operaba en las asambleas de accionistas.

Llevó la mano al bolsillo interior de su sudadera, sacó el disco duro metálico y lo apretó en su puño. Luego, se giró hacia mí.

La quietud en su rostro me heló la sangre. No era el rostro de un hombre acorralado. Era el rostro de un rey a punto de sacrificar su pieza más valiosa en el tablero.

Acortó la distancia entre nosotros en una sola zancada y me tomó del rostro con ambas manos. Sus dedos estaban calientes, firmes, anclándome a la realidad.

—Escúchame bien, Alexandra, y grábate cada palabra que te voy a decir —ordenó, su voz bajando a un murmullo tenso y denso, inaudible para los agentes del pasillo—. Voy a salir por esa puerta y me voy a entregar.

—¡No! —protesté, agarrándome a sus muñecas, las lágrimas de pura frustración quemándome los ojos—. ¡No puedes! Si te esposan hoy, mañana Thorne absorbe el holding. ¡Tiene que haber otra forma!

—¡No hay otra forma! —me cortó Caleb, endureciendo su agarre, obligándome a mirarlo directamente a los ojos—. Si nos resistimos, te pondrán unas esposas a ti también, o peor, alguien apretará el gatillo por accidente. Y te juro por mi vida que prefiero pudrirme en una celda federal antes que permitir que pases un solo minuto en una sala de interrogatorios.

Tragué saliva, el terror y la devoción chocando en mi pecho.

—Pero el disco duro... Thorne les dijo que lo robaste...

—Thorne cree que controla la narrativa porque llamó al FBI —la comisura de los labios de Caleb se curvó en una sonrisa afilada, fría y absolutamente brillante—. Olvidó que está lidiando con nosotros.

Caleb deslizó una mano hacia mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello, y pegó su frente a la mía.

—Yo no soy un fugitivo acorralado en un motel, Alex. Soy un informante que vino a un lugar neutral a comprar pruebas para el gobierno. Voy a salir con las manos en alto y les voy a entregar este disco duro no como una confesión, sino como evidencia de Estado contra Julian Thorne. Y como soy tu esposo, el privilegio conyugal te protege. No tienes que decirles ni una sola palabra. Exige llamar a Arthur de inmediato.

El plan era suicida. Iba a usar su propio arresto para forzar al FBI a ingresar el disco duro en la cadena de custodia oficial. Si funcionaba, Thorne no podría destruirlo. Pero Caleb perdería su libertad en el proceso.

—Treinta segundos, Navarro! —gritó el agente afuera.

—Me van a aislar por al menos cuarenta y ocho horas antes de que un juez me fije fianza —continuó Caleb, su respiración chocando contra mis labios—. En ese tiempo, Thorne intentará destituirme y borrar sus huellas. Tienes que evitar que tome el control de mi empresa, Alex. Tienes que ser la relacionista pública más letal que esta ciudad haya visto. Sé que puedes hacerlo.

—No quiero que te vayas —mi voz se quebró. La coraza de hierro se rompió por completo. Me aferré a su camiseta de algodón como si pudiera retenerlo con mis propias manos.

Caleb cerró los ojos por una fracción de segundo, el dolor crudo cruzando sus facciones ante mi vulnerabilidad.

—Volveré por ti —susurró, con una ferocidad que me sacudió hasta los huesos—. Te juro que volveré.

Me besó. Fue un beso rudo, desesperado y posesivo. Una marca de propiedad dejada en mis labios para recordarme que, sin importar las rejas o las leyes, yo le pertenecía y él me pertenecía a mí.

Se separó bruscamente, como si supiera que un segundo más lo haría dudar.

Caleb caminó hacia la puerta. Levantó las manos en el aire, sosteniendo el pequeño disco duro metálico entre el pulgar y el índice de su mano derecha, bien visible.

Abrió la puerta de una patada y salió al pasillo bajo la lluvia.

—¡Soy Caleb Navarro! —gritó, su voz resonando con la autoridad de un titán, ahogando las sirenas—. ¡Estoy desarmado! ¡Me entrego voluntariamente! Y solicito ingresar este dispositivo inmediatamente en la cadena de custodia como evidencia de lavado de dinero internacional por parte de Julian Thorne.

El caos estalló. Varios agentes se abalanzaron sobre él. Lo empujaron contra la pared de ladrillo con fuerza innecesaria, pateando sus piernas para separarlas.

Me quedé en el umbral, temblando, viendo cómo le ponían las frías esposas de acero al hombre más poderoso de Wall Street. Caleb no opuso resistencia. Mantuvo la cabeza en alto, su mirada cruzando la distancia para clavarse en mí una última vez antes de que lo metieran a empujones en la parte trasera de una SUV blindada.

Dos agentes entraron a la habitación, apuntándome con linternas.

—¡Manos donde pueda verlas! —ladró uno de ellos.

Levanté las manos lentamente. Ya no había lágrimas en mis ojos. El miedo se había evaporado con el último beso de Caleb, dejando a su paso un pozo de ira y determinación tan oscuro que amenazaba con devorarme viva.

—Soy su esposa. Y exijo llamar a mi abogado —dictaminé, mi voz sonando como hielo puro.

Seis horas después, el amanecer teñía de gris las ventanas de la pequeña oficina de Arthur en Manhattan.

El abogado principal de Navarro Holdings había logrado sacarme de las oficinas del FBI sin que me presentaran cargos formales, escudándose ferozmente en mi derecho a no testificar contra mi marido. Pero no había podido hacer lo mismo por Caleb.

—El juez le negó la fianza inicial —dijo Arthur, aflojándose la corbata, con el rostro demacrado por la falta de sueño—. Lo han trasladado a un centro de detención federal preventivo. El fiscal argumenta que, al tener doble nacionalidad y recursos, hay riesgo de fuga. Thorne tiene a la fiscalía en el bolsillo, Alex. Quieren mantener a Caleb incomunicado el mayor tiempo posible.

Estaba sentada frente al escritorio de Arthur, bebiendo un café negro que sabía a cenizas. Llevaba la misma sudadera gris del motel, pero mi mente operaba con una claridad aterradora.

—¿Qué pasa con el disco duro? —pregunté.

—Lo ingresaron como evidencia, tal como Caleb exigió al entregarse. Eso fue una jugada maestra —concedió Arthur, pasándose una mano por el cabello—. Los peritos del FBI ya deben estar analizando los registros IP. En cuanto vean que las firmas de Thorne están en el código, el caso contra Caleb se caerá.

—Pero los peritajes federales tardan semanas, y nosotros no tenemos semanas —repliqué, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco—. Thorne convocó a una asamblea de emergencia para esta tarde a las tres, ¿verdad?

Arthur asintió, sombrío.

—Si Caleb no se presenta, y con las acciones cayendo por la noticia de su arresto, la junta votará para destituirlo. Thorne tomará la silla de CEO interino, disolverá nuestras firmas subsidiarias y borrará todos los registros internos que lo incriminan antes de que el FBI termine de analizar el disco. Será el fin del holding.

Me puse de pie y caminé hacia la ventana. La ciudad despertaba, ajena a la guerra que se estaba librando en sus cumbres financieras. Caleb había confiado en mí para proteger su imperio. Había sacrificado su libertad para darme el arma que necesitaba.

No iba a decepcionarlo.

—Arthur, ¿Victoria Navarro estará en esa asamblea? —pregunté, girándome hacia el abogado.

—Por supuesto. Es la accionista mayoritaria. Pero no confíes en ella, Alexandra. Victoria es implacable. Su lealtad es hacia la empresa, no hacia su nieto. Si ve que Caleb está en la cárcel, ella misma levantará la mano para cortarle la cabeza con tal de salvar las acciones.

—Lo sé —murmuró, tomando mi bolso del suelo—. Por eso no voy a hablar con la junta. Voy a hablar con ella directamente.

Arthur me miró como si hubiera perdido el juicio.

—Alexandra, no puedes entrar a la mansión de Victoria Navarro luciendo así y exigirle lealtad. Te destrozará.

—No le voy a exigir lealtad, Arthur —respondí, abriendo la puerta de la oficina. Una sonrisa calculadora, aprendida del propio Diablo de Wall Street, curvó mis labios—. Le voy a ofrecer un trato que no podrá rechazar. 

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