Mundo ficciónIniciar sesiónLa noticia de que Julian Thorne estaba prófugo flotaba en el aire del penthouse como un gas tóxico.
Caleb cortó la llamada con Marcus y arrojó el teléfono sobre la cama. Se frotó el rostro con ambas manos, los músculos de su espalda tensándose bajo la luz de la mañana.
—No va a ir al aeropuerto —murmuró Caleb, su voz ronca y cargada de una oscura certeza—. Sus cuentas están congeladas, su pasaporte está revocado y el FBI tiene su rostro en cada pantalla de televisión del país. No tiene adónde huir.
Me senté en el borde de la cama, envolviéndome en la sábana, sintiendo que el frío me calaba los huesos a pesar de la calefacción. —Un hombre como él no sobrevive en la clandestinidad, Caleb. Está acostumbrado al lujo. Si se esconde en la ciudad, cometerá un error y lo atraparán.
Caleb se giró hacia mí. Sus ojos oscuros eran dos abismos insondables. —Un hombre que lo ha perdido todo y sabe que pasará el resto de su vida en una jaula ya no piensa en sobrevivir, Alexandra. Piensa en destruir a quien lo metió ahí.
El instinto de protección de Caleb se activó a niveles sofocantes. En menos de media hora, el penthouse se convirtió en una fortaleza. Marcus y cuatro hombres armados tomaron posiciones en los pasillos exteriores, mientras Caleb se vestía con un traje oscuro, preparándose para la guerra corporativa que nos esperaba en la torre.
—Victoria es la CEO interina, pero el pánico tiene a la junta buscando culpables —dijo Caleb, ajustándose los gemelos de plata frente al espejo—. Richard va a usar la fuga de Thorne y los vacíos de poder de hoy para proponerse como la única opción estable y tomar el control absoluto de la asamblea. Tengo que sentarme en esa maldita silla de CEO antes del mediodía y enviar un comunicado a los inversores. Si el mercado me ve al mando, la crisis se acaba hoy mismo.
Me puse un traje sastre de lana negra y recogí mi cabello. Sabía que la batalla en la sala de juntas sería brutal, pero yo estaba lista para pelear a su lado.
—La prensa tiene rodeada la entrada principal del edificio —le advertí, revisando mi teléfono—. Hay docenas de cámaras esperando tu primera declaración tras salir de la cárcel.
—No les daremos el gusto. Usaremos la entrada lateral privada de la calle trasera —dictaminó Caleb, poniéndose el abrigo—. Marcus ha despejado el perímetro. Entramos, retomamos la empresa y cerramos este capítulo.
El trayecto en la SUV blindada fue tenso. Caleb no soltó mi mano ni un solo segundo. Su agarre era firme, su mirada escrutando cada calle, cada vehículo que se detenía cerca de nosotros en los semáforos de Manhattan.
Llegamos a la callejuela que daba a la parte trasera del inmenso rascacielos de Navarro Holdings. Era una vía de acceso estrecha, flanqueada por muros de ladrillo y alejada de las miradas de los reporteros que acampaban en la avenida principal.
Dos de los escoltas de Caleb bajaron primero, revisando las esquinas oscuras y el área de estacionamiento reservado.
—Despejado, señor —anunció Marcus por la radio.
Caleb asintió. Salió de la camioneta y me ofreció la mano.
El aire en la callejuela era helado y olía a escape de diésel y asfalto mojado. Di dos pasos fuera del vehículo, ajustándome el abrigo, lista para caminar hacia las puertas blindadas del acceso lateral.
Entonces, lo escuché.
No fue un grito, ni un disparo. Fue el rugido estridente, casi animal, de un motor revolucionando al máximo de su capacidad.
Giré la cabeza hacia la entrada de la callejuela, a unos cincuenta metros de distancia.
Un sedán negro, viejo y sin placas, acababa de girar bruscamente desde la avenida. Sus llantas chirriaron contra el asfalto húmedo, soltando humo gris. No disminuyó la velocidad al entrar en la calle estrecha; al contrario, aceleró a fondo, enfilando directamente hacia nosotros.
—¡Cuidado! —gritó Marcus, sacando su arma, pero el coche se movía demasiado rápido y no había margen de maniobra.
A través del parabrisas del sedán, iluminado por los faros halógenos, vi el rostro del conductor.
Era Julian Thorne.
Su rostro estaba desencajado, torcido en una máscara de locura absoluta y odio puro. No estaba intentando huir. Había usado sus últimos recursos para rastrear nuestra ruta y nos estaba cazando. Quería aplastarnos contra las puertas de acero de nuestro propio edificio.
El tiempo se fragmentó. El cerebro humano no está diseñado para procesar la muerte cuando viene de frente a cien kilómetros por hora. Me quedé paralizada, mis piernas incapaces de responder al mandato de huir.
Pero Caleb sí respondió.
Su instinto no fue el de un CEO, ni el de un hombre intentando salvarse a sí mismo. No dudó, ni calculó los riesgos. El hombre que había perdido a sus padres bajo el peso de un camión no iba a permitir que la historia le arrebatara a su esposa de la misma forma.
—¡Alexandra! —rugió Caleb, su voz desgarrando el eco del motor.
Sus manos me agarraron por los hombros con una violencia desesperada. En una fracción de segundo, empleó toda su fuerza y su peso para empujarme hacia el espacio seguro que quedaba entre nuestra SUV blindada y la pared de granito del edificio.
Salí volando por el aire, mi cuerpo chocando fuertemente contra el suelo frío. El impacto me quitó el oxígeno de los pulmones, raspando mis rodillas y mis palmas.
Y entonces, el mundo explotó.
El ruido fue ensordecedor, enfermizo. El sonido de metal chocando contra metal, seguido de un crujido sordo, húmedo y brutal que me revolvió el estómago.
Levanté la cabeza desde el suelo, aturdida, con los oídos zumbando.
Thorne había perdido el control tras el impacto. Su sedán rebotó contra el lateral de nuestra camioneta blindada y se estrelló de frente contra el robusto muro de granito del edificio. El morro del coche quedó aplastado como una lata de refresco, el parabrisas estalló en mil pedazos y la bocina se quedó pegada, emitiendo un pitido constante y macabro.
—¡Aseguren el perímetro! ¡Saquen a ese hijo de puta del coche! —los gritos de Marcus resonaron en el callejón, seguidos por el sonido de armas amartillándose.
Pero yo no miré hacia Thorne.
Mis ojos buscaron frenéticamente el traje oscuro de mi esposo.
—¡Caleb! —grité, mi voz rasgándose.
Lo vi. Estaba tendido en el asfalto, a unos cinco metros de la camioneta. Había recibido el golpe lateral del sedán antes de que este se estrellara contra el muro.
El terror más puro y primitivo que jamás había experimentado se apoderó de mí. Me arrastré por el suelo, ignorando el dolor en mis rodillas, hasta llegar a su lado.
—Caleb... ¡Caleb, mírame! —sollocé, cayendo de rodillas junto a él.
Estaba bocarriba. Su impecable traje oscuro estaba desgarrado y cubierto de polvo de asfalto. Su respiración era errática, superficial, un gorgoteo húmedo que me heló la sangre. Había un corte profundo en su sien, y la sangre oscura comenzaba a manchar el cuello de su camisa blanca y a formar un charco bajo su cabeza.
Mis manos temblaban incontrolablemente mientras buscaba su pulso. Sus ojos estaban cerrados.
—Por favor, no... no me hagas esto —le supliqué, apoyando mis manos cubiertas de polvo sobre su pecho, sintiendo el latido irregular de su corazón—. ¡Marcus! ¡Llamen a una maldita ambulancia!
—Ya viene en camino, señora Navarro —respondió Marcus, arrodillándose a nuestro lado, con el rostro pálido mientras evaluaba los daños de su jefe. A escasos metros, dos escoltas arrastraban el cuerpo inconsciente y ensangrentado de Julian Thorne fuera del sedán destrozado.
Pero no me importaba Thorne. No me importaba la empresa, ni el holding, ni la maldita junta directiva.
Caleb tosió. Un gemido de dolor sordo escapó de sus labios manchados de sangre. Sus pestañas temblaron y, lentamente, abrió los ojos. Estaban desenfocados, nublados por el shock del impacto.
—Caleb... estoy aquí —susurré, acariciando su rostro, manchando mi propia piel con su sangre—. No te muevas. La ayuda viene en camino.
Él parpadeó, luchando por enfocar su visión hasta que sus ojos se clavaron en los míos. El dolor en su rostro era evidente, pero su mano se movió con torpeza sobre el asfalto, arrastrándose hasta rozar mis dedos temblorosos.
—Alex... —murmuró, su voz apenas un hilo áspero, roto por el esfuerzo.
—No hables. Ahorra fuerzas, por favor —lloré, apretando su mano grande y fría entre las mías.
La comisura de sus labios intentó curvarse en una de sus características sonrisas arrogantes, pero el gesto se convirtió en una mueca de agonía.
—Estás a salvo... —susurró Caleb, la devoción más oscura y absoluta brillando en sus ojos mientras me miraba, como si confirmar que yo estaba entera fuera lo único que importaba en el universo—. Te dije... que no te tocarían.
—Lo sé... lo sé, amor —se me quebró la voz, la palabra escapando de mis labios con la certeza de una condena, dándome cuenta de que el mundo dejaría de girar si él no estaba en él.
Caleb apretó mis dedos débilmente por una última vez. Su mirada se perdió en la pared del rascacielos, la tensión abandonó los músculos de su cuerpo, y sus ojos se cerraron, sumiéndose en la inconsciencia.
—¡Caleb! ¡No! ¡Despierta!
Las sirenas de las ambulancias comenzaron a aullar a lo lejos, acercándose al rascacielos, mientras el eco de mis gritos desgarradores se perdía en la inmensidad de la calle ensangrentada.







