La noticia de que Julian Thorne estaba prófugo flotaba en el aire del penthouse como un gas tóxico.
Caleb cortó la llamada con Marcus y arrojó el teléfono sobre la cama. Se frotó el rostro con ambas manos, los músculos de su espalda tensándose bajo la luz de la mañana.
—No va a ir al aeropuerto —murmuró Caleb, su voz ronca y cargada de una oscura certeza—. Sus cuentas están congeladas, su pasaporte está revocado y el FBI tiene su rostro en cada pantalla de televisión del país. No tiene adónde h