Caleb me bajó lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo, pero no aflojó su agarre. Tomó mi rostro entre sus manos ásperas, obligándome a mirarlo. Sus ojos marrones ardían con un fuego oscuro y devorador.
—Mi abogado me dijo lo que hiciste, Alexandra. Hundiste sus acciones, montaste un escándalo en el FBI y le enviaste a los federales a la puerta de su casa —murmuró Caleb, su pulgar acariciando mi mejilla con una reverencia absoluta—. Te pedí que fueras mi esposa, y terminaste convirtiéndot