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¿Pero, estamos en paz?

Caleb me bajó lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo, pero no aflojó su agarre. Tomó mi rostro entre sus manos ásperas, obligándome a mirarlo. Sus ojos marrones ardían con un fuego oscuro y devorador.

—Mi abogado me dijo lo que hiciste, Alexandra. Hundiste sus acciones, montaste un escándalo en el FBI y le enviaste a los federales a la puerta de su casa —murmuró Caleb, su pulgar acariciando mi mejilla con una reverencia absoluta—. Te pedí que fueras mi esposa, y terminaste convirtiéndote en la mujer más letal de la ciudad. Quemaste el puto mundo por mí.

—Tú fuiste a esa cárcel por mí. Te debía una —le respondí, mis labios rozando los suyos.

Caleb soltó un gruñido profundo, un sonido que venía desde lo más profundo de su pecho, y estrelló su boca contra la mía.

Fue un beso que sabía a supervivencia. Áspero, posesivo y completamente ciego a los guardias o a los abogados que pudieran estar observando. Me devolvió el aliento con la misma ferocidad con la que me lo robaba.

—Llévame a casa —exigió Caleb, separándose apenas unos centímetros, su voz convertida en un mandato oscuro—. Ahora mismo.

El trayecto al penthouse fue un borrón eléctrico. Apenas pusimos un pie en el ascensor privado, la cordura nos abandonó por completo.

Caleb me acorraló contra el espejo de la cabina, devorando mi boca mientras sus manos descendían por mi abrigo, arrancándomelo de los hombros con una impaciencia brutal.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, no llegamos a la suite principal.

Caleb me empujó contra la inmensa puerta de madera del estudio. El golpe fue seco, pero el calor de su cuerpo amortiguó el impacto. Sus manos agarraron mis muslos, levantándome hasta que tuve que enrollar mis piernas alrededor de su cadera.

—No voy a ser delicado esta mañana, Alex —me advirtió, su aliento errático chocando contra mis labios mientras desgarraba los botones de mi blusa, exponiendo mi pecho a la luz fría del amanecer que se filtraba por las ventanas.

—No te atrevas a serlo —le exigí, hundiendo mis uñas en sus hombros tensos.

La tela se rasgó. Los cierres cedieron.

No fue hacer el amor. Fue un choque de trenes. Fue un exorcismo físico de la desesperación, la culpa y el terror de habernos perdido. Caleb me reclamó con una dureza que me hizo arquear la espalda, arrancándome gemidos que rebotaron en las paredes de cristal del penthouse. Me embistió con una devoción casi violenta, marcando mi piel, demostrándome con cada roce que él no me pertenecía por un contrato firmado, sino por una obsesión que le corría por las venas.

Y yo le respondí con la misma fiereza. Lo arañé, lo mordí y lo sostuve contra mi pecho, recordándole que ya no estaba en una celda, que estaba en nuestro hogar, fundido en mi cuerpo, indisoluble y mío.

Horas más tarde, el silencio de la suite principal era pesado y cálido.

Estábamos acostados en la inmensa cama, desnudos bajo las pesadas sábanas de lino. Mi cabeza descansaba sobre el pecho de Caleb. Su corazón latía a un ritmo constante bajo mi oído, y su brazo me rodeaba con la familiar y asfixiante posesividad que ahora me parecía el lugar más seguro del mundo.

Caleb acariciaba mi cabello lentamente. Miraba hacia el ventanal, donde el cielo de Nueva York ya mostraba la luz clara del mediodía.

—Victoria me llamó hace una hora mientras dormías —dijo Caleb de repente, su voz resonando en su pecho—. La asamblea extraordinaria de la junta es a las tres de la tarde. Me van a restituir como CEO.

Levanté el rostro, apoyando la barbilla en su esternón.

—Richard no debe estar muy feliz con eso.

—Richard puede irse al diablo. Thorne se acabó, y yo recuperé el control —Caleb bajó la mirada hacia mí, y una sonrisa genuina, desprovista de oscuridad, curvó sus labios—. Gracias a mi esposa.

Iba a responderle con un comentario sarcástico para aligerar el ambiente, pero el sonido de un teléfono vibrando furiosamente sobre la mesa de noche interrumpió la paz.

Caleb frunció el ceño. Sabía que nadie de su equipo lo llamaría al teléfono personal un día después de salir de prisión a menos que fuera una emergencia absoluta. Se incorporó, estiró el brazo y descolgó el aparato.

—Habla Marcus —ordenó Caleb, activando el altavoz y dejando el teléfono sobre la cama entre nosotros.

La voz del jefe de seguridad sonaba extrañamente fuera de aliento, ahogada por el ruido de sirenas de fondo.

—Señor Navarro. Estamos en la residencia de Julian Thorne en los Hamptons. El equipo táctico del FBI y el equipo de asalto local entraron hace veinte minutos.

Sentí un pinchazo de ansiedad en el estómago.

—¿Lo arrestaron? —pregunté, acercándome al teléfono.

Hubo una pausa pesada al otro lado de la línea.

—No, señora Navarro —la voz de Marcus se volvió más grave, teñida de una alarma inconfundible—. La casa está vacía. El FBI allanó las oficinas, los penthouses y los hangares privados, pero las cámaras de seguridad internas fueron borradas.

Caleb se sentó de golpe, la sábana cayendo de su torso desnudo, su instinto depredador activándose de inmediato.

—¿Qué me estás diciendo, Marcus? ¿Cómo desaparece un hombre vigilado por el gobierno en menos de ocho horas?

—Thorne fue alertado de nuestra filtración en el FBI durante la madrugada, señor. Tiene soplones en la fiscalía. Usó la ventana de tiempo antes del allanamiento. Vació tres cuentas de contingencia en las Islas Caimán y desapareció en la niebla.

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