Emanuel se detuvo. Siempre lo hacía, recordando que ella aún no había dado ese paso y no quería forzarla.
Entonces Grecia, con un gesto inesperadamente claro, tomó su mano y la colocó suavemente sobre su pecho. Las miradas se encontraron, fijas, intensas. Emanuel, con la respiración entrecortada, murmuró. “¿Estás segura?”.
Ella no respondió con palabras. En cambio, lo besó con la intención de darle su respuesta.
Sin necesidad de más señales, Emanuel encendió el motor y condujo con rapidez hacia