La cerradura giró y se escuchó la puerta abrirse. Emanuel entró, dejó las llaves sobre la mesita, se quitó el saco y murmuró con tono cansado:
“Hola”.
Se dejó caer junto a ella, recostando la cabeza sobre sus piernas. Grecia acarició su cabello, masajeando lentamente sus sienes.
Emanuel suspiró con alivio. Su cuerpo se relajó casi al instante.
“Estamos en finales, y en la oficina hay una locura de trabajo”. Comentó, cerrando los ojos.
Grecia sonrió levemente y siguió acariciándolo.
“Debe ser