Te haré mía...
En la oficina de los hermanos Lombardi, Dominic observaba al cobayo de vez en cuando para asegurarse de que seguía dentro de la jaula, si se escapara tendría que perseguirlo y no lo quería tocar. Sentía que lo iba a morder con esos dientes de conejo que tenía.
Por el contrario Doménico se acercaba para darle una zanahoria, o una manzana, el conejillo de indias se la recibía encantado, de seguir cuidándolo se iba a convertir en una bola de carne.
Kui... kui... kui...
— Por dios, ese son