Capítulo 68. El paso definitivo
Amy Espinoza
El tiempo se detuvo.
O al menos así lo sentí cuando vi a Maximiliano, de pie bajo la pérgola. La brisa jugueteaba con el velo de gasas blancas que colgaba detrás de él, y las luces diminutas, todavía encendidas a pesar de la luz de la mañana, parecían un cielo de estrellas atrapado en los árboles.
Entonces él hizo algo tan simple que me desarmó: levantó la mano.
No fue un gesto soberbio, ni pomposo, ni tampoco una orden; fue una invitación silenciosa. Una mano tendida, abierta, que