Capítulo 308. Mi propia trama.
Luciana Velasco
Desperté por el olor.
No por el dolor, ese vendría después, cruel y puntual, sino por ese olor inconfundible a hospital: desinfectante, plástico, aire comprimido.
El ambiente estéril me rozó la nariz y, por un segundo, pensé que estaba soñando.
Hasta que intenté mover la cabeza.
Un tirón me atravesó el rostro, como si una mano invisible arrancara un pedazo de mí cada vez que respiraba. Solté un gemido bajo, casi inaudible, y sentí el vendaje presionarme la piel.
No entendía nada.
El techo blanco. Las luces. El pitido lejano de una máquina.
Y entonces… el recuerdo llegó como una bofetada.
El frío del ácido. El calor después. El sonido de mi propia carne… cediendo.
El olor a algo que jamás pensé que conocería.
Quise tocarme la cara.
Mi mano subió sola, automática, pero una voz me frenó antes de llegar a los vendajes.
—No lo haga, señorita Velasco.
Giré, lo intenté, porque cada milímetro era una tortura y vi a una enfermera. No, joven. No, vieja. Con ese rostro que parec