Capítulo 309. Miedo.
Luciana Velasco
El silencio del hospital no es silencio. Tiene respiración. Tiene peso. Tiene pulso.
Lo descubrí cuando abrí los ojos por segunda vez.
No sé cuánto tiempo pasó desde que desperté la primera vez, pero ahora la habitación no me recibió con el impacto del dolor inmediato, sino con algo que se sentía peor: la conciencia. Esa que llega arrastrándose cuando el cuerpo ya no puede huir.
Me quedé mirando el techo, una losa blanca que parecía burlarse de mí. Antes de esto, yo habría pedido otra habitación, otro piso, otro hospital completo. Habría exigido lujo, comodidad, privacidad. Ahora solo respiraba lo suficiente para no marearme.
Cada inhalación estiraba la piel bajo el vendaje. Cada exhalación sabía a metal.
Me ardía el rostro incluso sin moverlo. Ardía como si la piel siguiera derritiéndose por dentro, como si el ácido aún estuviera ahí, insistiendo en recordarme su existencia.
Intenté tragar. Sentí la garganta áspera, como si hubiera gritado por horas. Quizá lo había he