MAXIMILIAN FERRERO
Salir de la oficina de Victoria después de la interrupción de Marcus fue como caminar sobre una cuerda floja sobre un foso de lobos. Podía sentir la mirada de ese perro faldero clavada en mi nuca, una mirada cargada de un odio que solo nace del miedo a perder el lugar privilegiado a los pies de su dueña. Pero no me importaba. Mi mente estaba en otro lugar, procesando los datos que acababa de extraer del archivo de Miller. La verdad estaba ahí, palpitante y sucia: el accidente