VICTORIA
El sonido de la puerta cerrándose tras Marcus todavía resuena en mis oídos como una sentencia de muerte. Me tiemblan las manos de una forma que me resulta humillante. Me obligo a entrelazar los dedos sobre el escritorio de mármol para que nadie, ni las cámaras ni los guardias del pasillo, noten que la heredera de los Valois está a un paso del colapso. Acabo de comprar el silencio de mi jefe de seguridad. Acabo de convertirme en cómplice de una traición directa contra mi padre.
Y todo p