VICTORIA
El silencio en el ascensor privado era tan denso que podía sentir la presión en mis oídos, una vibración sorda que parecía sincronizarse con el latido desbocado de mi corazón. Mis manos, ocultas en los bolsillos de mi chaqueta de seda negra, no dejaban de temblar. El trato estaba hecho. Mi padre se había marchado satisfecho, convencido de que yo finalmente había extirpado cualquier rastro de debilidad y que tenía el control absoluto sobre los restos de Maximilian Ferrero. Había humilla