MAX
El aire en el gran comedor de los Valois era una sustancia tóxica, una mezcla de incienso de poder antiguo y el aroma metálico del desprecio. De pie, justo detrás de la silla de Victoria, me sentía como un objeto de decoración costoso pero prescindible. La luz de las lámparas de cristal de Murano diseccionaba la estancia con una frialdad clínica, revelando cada arruga de malicia en los rostros de los invitados. Cada risa, cada choque de copas, era un martillazo contra los restos de mi ident