MARCUS
—¡MARCUS! ¡A MI DESPACHO! ¡AHORA!
El grito de Victoria Valois no fue una llamada; fue un estallido de pánico que reventó los altavoces de la mansión. Yo estaba en el ala de seguridad, pero en cuanto su voz —aguda, rota y cargada de una furia animal— retumbó, supe que el muro de mentiras que ella había construido alrededor de Maximilian acababa de agrietarse.
Corrí por los pasillos de mármol. Al entrar en su despacho, el aire estaba saturado de una tensión eléctrica. En el suelo, los res