MAXIMILIAN FERRERO
Perdí la cuenta de los días en el momento en que Victoria ordenó sellar las pesadas persianas de roble de mi habitación. Al principio, me dijo que era por mi seguridad, que los drones de la prensa y los investigadores privados de Miller estaban sobrevolando la zona con cámaras térmicas. Yo le creí. En ese estado de paranoia constante, cualquier medida de aislamiento me parecía un acto de amor y protección.
Ahora, la habitación se había convertido en un útero de terciopelo y s