Las dos semanas se evaporaron como si nunca hubieran existido.
Esa noche, Carol estaba de nuevo en el penthouse. Desde los ventanales, la ciudad brillaba abajo, indiferente a su dilema.
Alonso estaba de pie junto al bar.
—Puntual —dijo él, volviéndose con una parsimonia que a ella le erizó el vello de los brazos—. Empezaba a creer que preferías la compañía de tipos como Darío.
—Usted sabe que no estoy aquí por gusto —respondió Carol, apretando su bolso contra el vientre.
—Estás aquí por una nece