Alonso se apartó un instante. Carol seguía boca abajo, con las nalgas enrojecidas y sensibles. El hielo ya se había derretido, dejando su piel húmeda y temblorosa.
Él abrió un frasco pequeño de cristal. El aroma dulce del aceite llenó la habitación. Vertió unas gotas en la palma y frotó las manos para calentar el líquido.
—Respira —dijo en voz baja—. Esto va a calmarte.
Sus manos descendieron sobre las nalgas de Carol. El aceite era tibio, resbaladizo. Empezó con movimientos lentos, circulares,