Estrella no lloraba fuerte. Lloraba de esa manera que parte el corazón, despacio, sin escándalo, con los ojos muy abiertos como si no entendiera qué había hecho mal. Abrazaba el oso de peluche contra su pecho y miraba a Carol y a Alonso como si esperara que alguno de los dos le explicara por qué el mundo de los adultos siempre terminaba en gritos.
Carol fue la primera en reaccionar. Se agachó frente a su hermana, le tomó la cara entre las manos y la besó en la frente.
—Nadie está peleando por tu