Alonso no respondió de inmediato. Recogió los papeles del suelo con una lentitud que a Carol le pareció una tortura, los acomodó sobre el escritorio como si ganara tiempo, y luego se sentó en el borde de la silla. No en el centro, como solía hacerlo, sino en el borde. Como alguien que no está seguro de merecer quedarse.
—Tenía veintiséis años —empezó—. Mi padre acababa de estafar a veinte inversores y yo no lo sabía. Cuando salió todo a la luz, me cayó encima la mitad de la deuda aunque yo no hu