El reflejo en el espejo le devolvía la imagen de un hombre impecable.
Augusto Monteiro ajustó la corbata con precisión quirúrgica.
Vestía un traje a medida que se adaptaba perfectamente a sus anchos hombros.
En su muñeca brillaba un carísimo reloj suizo.
Discreto.
Pero imponente.
Cada detalle importaba.
Él no era solamente el director ejecutivo de una de las mayores empresas tecnológicas del país.
Era “el Implacable”.
El nombre que el mercado le había dado.
Y el que él se esforzaba por honrar.