Por unos segundos, solo se escuchó la lluvia y el leve tintinear de las cucharas contra la cerámica. Hasta que él habló, con la voz más baja:
— Hoy tuviste miedo.
No era una pregunta. Eloise respiró hondo, con la mirada fija en la bebida.
— Sí… —la confesión salió baja, apenas un suspiro—. Pero ya pasó.
— Pasó porque yo estaba allí —dijo él, seguro, sin vacilar—. Nunca volveré a poner tu vida en riesgo, te lo prometo, Eloise.
La afirmación, dicha con aquella seguridad inquebrantable, hizo