Como si el propio día adivinara el desenlace, cuando Eloise y Augusto llegaron al hall de entrada de la empresa, la lluvia caía con fuerza afuera. El sonido de los truenos se mezclaba con los flashes incesantes de las cámaras de los reporteros que ya se aglomeraban frente al edificio. El escándalo había estallado, y la prensa no iba a perderse ni un segundo de aquel circo.
— ¡Cuidado, por favor! —gritó un guardia intentando contener a la multitud—. ¡Aléjense!
Augusto se mantuvo firme, con el