El salón quedó en un respetuoso silencio cuando José Monteiro se puso de pie. Copa en mano, su sola presencia imponía autoridad.
—Me alegra ver esta sala llena de personas importantes, amigos, socios… y, por supuesto, mi familia —dijo, mirando brevemente a Augusto, que mantuvo el rostro neutro—. Estoy llegando a una etapa de la vida en la que pasar el mando empieza a parecer más una responsabilidad que una opción. Quiero que sepan que, cuando llegue ese momento, se hará con sabiduría. El cargo