El coche avanzaba por la avenida principal, mientras las luces de la ciudad se reflejaban en las ventanas como constelaciones líquidas.
Dentro, el silencio pesaba.
Ninguna palabra había sido pronunciada desde que la puerta se cerró con un golpe seco.
Eloise mantenía el rostro girado hacia la ventana, pero las lágrimas seguían cayendo en silencio.
Lo que más dolía no era lo que Lorenzo había dicho.
Era el hecho de que doliera.
Como si, de alguna manera, parte de aquellas palabras todavía en