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La mesa ya estaba puesta para los cinco, y el mero olor de la comida despertó realmente mi apetito por primera vez desde que reaccionara en Reisling.

—¡Niños! ¡A lavarse las manos y a comer! —llamó Mael, apartando una silla para mí.

Los niños corrieron al baño riendo mientras él continuaba hacia la cocina. Lo observé con curiosidad, porque era la primera vez que lo veía desenvolverse con tanta soltura en un quehacer tan doméstico como servir el almuerzo. Y adiviné que en las últ

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MaríaUn hermoso día familiar!!!!!
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