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La tempestad nos obligaba a avanzar al paso, a tientas, enceguecidos por la espesa nevada, que el viento parecía arrojar contra nosotros. Nos habíamos visto obligados a dejar los caballos con mis hermanos menores en un montecillo diminuto, de sólo media docena de árboles, porque no podían siquiera ir al paso en aquel vendaval.

Galo se nos había adelantado cuando comenzara a nevar. No había regresado. Lo habíamos perdido de vista,

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patvikaPronto? Será que ya pronto se verán???
MaríaEstán cerca!
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