La luna aún no se alzaba en el cielo cuando Teresa cruzó de nuevo la frontera del territorio con paso firme, aunque sus ojos delataban una tormenta interna que la carcomía.
Su largo abrigo negro se agitaba al compás del viento, y sus botas resonaban con cada pisada como un presagio. El regreso debía ser silencioso, sin levantar sospechas.
—¡Maldito Jack! —escupió con furia contenida, mirando hacia el bosque como si sus palabras pudieran alcanzarlo—. Pensé tenerlo en mis manos… creí que lo hab