Alfa Lysander empujó con brusquedad a la loba que se había atrevido a acercarse demasiado. Sus dedos se cerraron alrededor de su cuello con una fuerza brutal, levantándola apenas del suelo. Un rugido profundo salió de su pecho, uno que hizo temblar las paredes del gran salón.
—¡¿Quién eres?! —gruñó con los ojos encendidos en rojo—. ¡Solo mi Luna puede besarme!
El olor de la mujer llegó a él entonces.
Y algo dentro de su pecho se agitó.
No era un aroma cualquiera.
Tenía algo… extraño. Algo que h