—¡Déjame ir, Lacron! —suplicó ella, con la voz quebrada por el cansancio.
Lacron, el heredero de la manada Cuerno de Plata, soltó una carcajada ronca que erizó los vellos de su nuca.
Sus ojos brillaban de deseo y de ambición.
Sin una pizca de piedad, la tiró del brazo, arrastrándola por el suelo lodoso.
—¿Dejarte ir? —se burló él, deteniéndose para inclinar su rostro hacia el de ella—. Eres una traidora, Meissa. ¿Cómo pudiste dejarme así? Eres mía, y te quedarás conmigo por la eternidad.
Meissa