Capítulo: Yo te rechazo

Meissa abrió los ojos, fue como si cayera a un abismo, pero luego, simplemente estaba ahí de pie.

El aire olía diferente, más puro, más intenso. Cada sonido, cada aroma, parecía cargar con una energía que nunca había sentido.

Por un segundo creyó que todo había sido un sueño.

—¡Meissa… cuidado… no vayas a caerte! —dijo una voz familiar.

Era Lacron. Estaba detrás de ella. Pero esta vez, algo era distinto. Algo había cambiado.

El mundo tembló y Meissa solo pudo hacerse una pregunta;

—¿Es un sueño… o he renacido?

Meissa se detuvo de golpe, su respiración temblorosa y sus ojos abiertos como nunca, incapaz de comprender lo que veía.

La incredulidad la atravesaba como un frío filo: ¿cómo podía estar ocurriendo esto?

¿Era realmente Lacron ante ella, o acaso todo era un sueño, una pesadilla que la había atrapado en otra vida?

O tal vez… ¿Había vuelto en el tiempo? Cada posibilidad parecía más desconcertante que la anterior, y un temblor recorrió su cuerpo mientras trataba de aferrarse a la realidad.

Su loba, que siempre había sido más sabia que ella, se acercó y aulló, un sonido que era a la vez firme y reconfortante.

—Es una segunda oportunidad, Meissa —dijo la loba, su voz cargada de urgencia y devoción—. Fuimos bendecidas por la Diosa Luna. Por favor, esta vez… no dejes que nuestra vida y nuestro amor se arruine.

Meissa recordó aquel pasado que todavía le dolía en el alma.

En aquella vida, había escuchado los consejos de su loba, pero los había desoído.

La loba nunca se resignó a mendigar por el amor del Alfa Lacron, a quien Meissa estaba enamorada hasta la locura, cegada por un deseo que le impedía ver más allá de sus propios sentimientos.

Nunca quiso escuchar la voz sabia que le advertía que los caminos del destino eran traicioneros.

“Ahora que lo recuerdo… —pensó Meissa, el corazón encogiéndose—. En la vida pasada, fue aquí mismo y en este momento cuando Lacron supo que Lauryn era su mate destinada. Y yo… yo no pude evitar llorar aquel dolor silencioso, aquel rechazo que sentí como un puñal en el pecho”.

El bosque parecía contener la respiración a su alrededor, y entonces ocurrió.

Como si un botón invisible hubiese sido presionado, un hilo del destino se tensó ante ella.

Meissa vio cómo Lacron aspiraba profundo, un gesto que parecía trivial, pero que en realidad era el hilo que lo guiaba hacia el olor que solo él podía percibir.

Sus ojos se enrojecieron, y siguió ese aroma como un autómata, cada paso más cerca de lo inevitable. Como si el universo mismo lo condujera hacia ella.

No tardó mucho. Solo unos pasos separaban a Lacron de Lauryn, y cuando finalmente la vio, su exclamación resonó en el bosque:

—¡Tú!

Lauryn caminó hacia él como si una fuerza invisible la arrastrara, y sus ojos se encontraron con los de Lacron.

Era como si todo el mundo se desvaneciera, dejando solo un espacio etéreo donde ambos flotaban en una nube invisible.

Los lobos a su alrededor aullaban, y el sonido no era casual: reconocían el vínculo sagrado, la conexión que trascendía más allá de cualquier regla de manada.

Meissa sintió un viejo dolor aferrarse a su pecho, pero esta vez era diferente.

No era punzante, ni desgarrador; era un recordatorio de lo que había sido, un dolor amortiguado por la certeza de que podía cambiar el curso de la historia.

“En el pasado lloré cuando noté su vínculo —pensó Meissa, temblando al recordar—. Todos en la manada recordaron el pacto de sangre que Lacron había hecho con mi madre. Entonces, él rechazó a Lauryn, y eso provocó que ella fuese enviada como prometida a la manada enemiga. Pero esta vez… no será igual.”

Los lobos cercanos se detuvieron en sus aullidos, y una quietud solemne invadió el bosque.

La gente que estaba alrededor la observó, algunos con compasión, otros con curiosidad.

—Pobre Meissa —susurró uno—. Es la hija de los difuntos y leales Betas. Su madre salvó a Lacron, y él juró en su lecho de muerte que se casaría con Meissa para cuidarla por siempre.

—¡No puede romper una promesa de sangre! —exclamó otro—. Eso es traición, y un Alfa no debe traicionar un pacto de sangre.

En ese instante, Lacron pareció sentir cómo su vínculo con Lauryn se quebraba. Se giró lentamente, y sus ojos encontraron los de Meissa.

Había confusión, dolor y un conflicto profundo en su mirada.

—Meissa… yo… —susurró, y su voz temblaba con la intensidad de emociones que intentaba controlar.

Pero antes de que pudiera decir más, Alfa Ralf se acercó con paso firme, su presencia, imponiendo respeto inmediato.

—Lacron —dijo con voz grave—, hiciste un pacto, y no se debe romper.

Lacron bajó la mirada, sus ojos húmedos, y sintió la tensión entre la promesa que había hecho y la realidad que le dictaba su corazón.

Miró a Lauryn, que lloraba silenciosa, sus manos temblando mientras las lágrimas caían.

—Lauryn… lo siento —dijo con un hilo de voz quebrada—. Debo rechazarte.

El llanto de Lauryn se volvió más intenso, un grito que resonó en el bosque:

—¡No lo hagas, Lacron!

Todos voltearon a mirar a Meissa, y ella se plantó ante él con determinación.

Su corazón latía con fuerza, y la claridad se apoderó de su mente.

Por primera vez, aceptó la responsabilidad de su poder, de su elección.

—Soy yo quien te rechaza, Lacron —dijo con voz firme—. Soy yo quien rompe la promesa de matrimonio entre nosotros.

El silencio cayó como una pesada losa sobre el bosque.  Y hasta los lobos detuvieron sus movimientos, reconociendo la magnitud del momento. Parecía un acto de amor, coraje y justicia, todo en uno, pero para Meissa era un acto de supervivencia.

Los ojos de Lacron se abrieron con sorpresa, y por un instante, todo su mundo pareció detenerse.

La manada entera, testigo de aquel acto, quedaron callados.

Meissa respiró hondo, sintiendo cómo un peso invisible se levantaba de sus hombros.

Sabía que no era solo su elección, sino un cambio que afectaría a toda la manada.

El aire se volvió denso.

Lauryn, aun sollozando, sonrió, como si Meissa hubiese cumplido con el mayor deseo en su vida.

Meissa se mantenía firme, Lacron bajó la cabeza, incrédulo, no podía creer que ella lo rechazara.

“Meissa, ¿me rechaza? Ella siempre me ha amado, ella siempre ha estado loca por mí, ¿Por qué hace esto?”

Pero, Meissa lo único que quería en esta vida, era alejarse de Lacron, la loba que la había matado sin piedad, quería escapar de quien nunca la amó

El bosque permaneció en silencio absoluto.

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