Mundo ficciónIniciar sesión—¡No puedo hacerlo! —la voz de Lacron se quebró por primera vez—. Juré ante su madre… ella me salvó la vida cuando todos me dieron por muerto. Sellamos un pacto de sangre. Le prometí que la protegería mientras respirara.
El silencio cayó pesado entre ambos. El olor a hierbas, sangre seca y angustia impregnaba la enfermería.
Lauryn lo observó con atención, con los ojos afilados como cuchillas. No era una loba ingenua. Conocía demasiado bien los secretos de la manada… y los de Lacron.
—¿Estás seguro de que es por eso? —preguntó, dando un paso hacia él—. ¿O es que… la amas?
Las palabras se clavaron como garras.
Los ojos de Lacron se abrieron de par en par.
Su respiración se volvió errática, como si aquella posibilidad jamás hubiese sido pronunciada en voz alta, ni siquiera por él mismo.
Su lobo interior rugió con furia, negación y confusión.
Detrás del muro de piedra, en el pasillo apenas iluminado, Meissa lo escuchó todo.
Sintió cómo algo en su pecho se rompía con un crujido silencioso.
Simplemente, dio media vuelta y se alejó con pasos lentos, dignos, aunque por dentro su corazón sangraba.
—Lauryn —dijo Lacron con voz grave, intentando recuperar el control—, ni tú, ni Meissa, ni ninguna hembra de mi manada irá con Lysander. Lo juro por mi sangre y por mi lobo.
Lauryn asintió, pero no sonrió.
Lauryn salió de la habitación con los puños apretados, las uñas clavándose en las palmas de sus manos. La rabia la consumía por dentro, mezclada con miedo.
Algo no está bien, pensó.
“Ese vínculo… no es tan fuerte como debería. La poción de la bruja debía sellarlo, doblegar su voluntad… pero algo lo está debilitando.”
Alzó la vista al avanzar por el pasillo… y allí estaba Meissa.
De pie. Silenciosa. Con el rostro inexpresivo.
—Meissa —dijo con frialdad—, Lacron va a elegirme a mí. Lo sabes. Yo soy su Luna.
Se acercó un poco más.
—Quiero que seas tú quien vaya con el Alfa de Luna Oscura.
Meissa la miró largamente.
No hubo súplica. No hubo reproche. No hubo lágrimas.
—Lo haré —respondió.
Lauryn se quedó paralizada, sorprendida por aquella aceptación tan inmediata. No dijo nada más.
Se dio la vuelta y se alejó, con una sensación incómoda, anudándole el estómago.
***
Meissa entró a la habitación de Lacron en silencio.
Él yacía recostado, el torso cubierto de vendajes manchados de rojo. Su respiración era pesada. Su lobo sufría, debilitado por el combate y por algo más profundo… algo que ni siquiera las heridas explicaban.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó ella con suavidad.
Lacron levantó la vista, sorprendido. No esperaba verla allí. Dudó un instante, luego asintió.
Meissa se acercó.
Sus manos temblaban levemente, pero no por miedo… sino por todo lo que estaba conteniendo. Cerró los ojos y apoyó las palmas sobre sus heridas.
Una luz suave, cálida, se expandió desde su pecho.
Lacron gimió al principio. El dolor fue intenso, como si la carne se reconstruyera desde dentro. Luego, poco a poco, la agonía se disipó. El alivio lo dejó sin aliento.
Ese don…
Ese poder…
Todos lo sabían.
Meissa estaba destinada a ser Luna. La Luna de esa manada.
Pero el destino se había quebrado.
Lacron tomó su mano con urgencia.
—Meissa… sé buena con Lauryn —dijo con voz ronca—. Ella está sufriendo.
Las palabras fueron el golpe final.
Meissa retiró la mano lentamente y lo miró a los ojos. En los suyos ya no había esperanza… solo aceptación.
—Elígela —dijo—. Rechaza nuestro vínculo futuro. Puedo soportarlo.
Lacron reaccionó con brusquedad y la tomó del brazo.
—¡No puedes alejarte de mí! —gruñó—. ¡No así!
Meissa lo miró, sorprendida.
Ese no era el Lacron que recordaba.
En la vida pasada… ella jamás se habría atrevido a desafiarlo. Y aun así, fue él quien casi la rechazó.
¿Por qué ahora todo era distinto?
Se liberó de su agarre con firmeza.
—Debes elegir —dijo con calma mortal—. Una de las dos debe ir ante el Alfa Lysander.
Se inclinó levemente hacia él.
—¿A cuál elegirás?
Y se marchó, dejando la pregunta flotando en el aire como una sentencia.
***
Al salir, su doncella la condujo con rapidez a su habitación.
—No puede salir, Lady Meissa.
—¿Por qué? —preguntó ella, con el corazón acelerado.
—Es orden del Alfa Ralf. Esta noche, el Alfa Lysander de Luna Oscura vendrá a negociar la guerra.
El pulso de Meissa se disparó.
Lysander.
Nunca lo había visto… al menos no que recordara. Pero los rumores lo describían como un monstruo: salvaje, dominante, despiadado.
Se acercó a la ventana y miró por una pequeña ranura.
Y lo vio.
Un macho alto. Imponente. De músculos tensos y presencia abrumadora.
Cabello oscuro. Pero no pudo ver su rostro bien.
Él alzó la mirada.
Directamente hacia ella.
Meissa se ocultó de inmediato, pero algo en su interior rugió con fuerza.
Su loba despertó.
**
En el patio, el Alfa Lysander caminaba junto a su séquito poderoso. Su piel irradiaba poder. Vestía una bata de oro oscuro, símbolo de dominio y guerra.
Entonces… el olor lo golpeó.
Cerró los ojos y aspiró profundamente.
—Ella está aquí… —gruñó su lobo interior—. Es nuestra compañera elegida. Puedo olerla.
Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en los labios de Lysander.







