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Capítulo: Enviarla a manos enemigas

—¿¡Estás loca?! —rugió el Alfa Ralf, golpeando con brutalidad el brazo de su trono de piedra—. ¡De ninguna manera, Meissa! ¡No lo voy a permitir!

El sonido seco del impacto resonó por toda la sala del consejo, rebotando en las paredes antiguas como un trueno de advertencia.

El aire se volvió espeso, cargado de miedo, de rabia reprimida y de un destino que nadie quería nombrar, pero que todos sentían aproximarse.

Meissa, en cambio, no retrocedió.

No tembló.

No bajó la cabeza.

Dio un paso al frente y, con una lentitud solemne, se arrodilló ante el Alfa. Su espalda permaneció recta, orgullosa; su barbilla, elevada. No era el gesto de una loba derrotada, sino el de alguien que había tomado una decisión irreversible.

—Él no me ama, Alfa —dijo al fin, con una voz firme que contrastaba con el caos que llevaba dentro—. Mi loba sufre en silencio… y mi alma también.

El recuerdo de Lacron le atravesó el pecho como una herida abierta. Sus risas antiguas. Las promesas que nunca llegaron a ser votos. El vínculo que nunca se selló.

—No puedo luchar contra la fuerza del lazo que ha unido a Lacron y a Lauryn —continuó—. Ese vínculo está completo. Está sellado por la luna y por la sangre. Yo… yo ya no pertenezco ahí.

Alzó la mirada. Sus ojos brillaban, no de lágrimas, sino de una determinación nacida del dolor más profundo.

—Déjeme ir —suplicó—. Puedo hacer que esta guerra termine ahora mismo.

Un murmullo recorrió la sala.

El Alfa Ralf se levantó de su trono.

Caminó hacia ella con pasos lentos y pesados, como si cada uno arrastrara años de decisiones imposibles, de guerras ganadas y pérdidas irreparables.

Cuando se detuvo frente a Meissa, se inclinó y, con dos dedos firmes, levantó su barbilla.

—¿Amas tanto a Lacron —preguntó con voz grave— que estás dispuesta a sacrificar tu vida… y tu futuro… por él?

El silencio se hizo absoluto.

Meissa no respondió de inmediato. No porque dudara, sino porque la verdad ya no era tan simple como antes.

En su interior, una voz distinta se alzó, más clara, más fuerte que la que había tenido cuando aún soñaba con ser Luna a su lado.

Me amo más a mí misma ahora, pensó.

No voy a morir por amor. No voy a morir en sus manos. No otra vez.

El Alfa soltó su rostro y se apartó, pasándose una mano por el cabello canoso.

Alzó la vista hacia el techo de piedra, como si buscara respuestas en los espíritus antiguos de la manada, en los Alfas que gobernaron antes que él.

—Sé que Lauryn… —dijo al fin, con voz cansada— no será una buena Luna. Lo sé desde el fondo de mis huesos.

Bajó la mirada hacia Meissa, y por un instante ya no fue un Alfa, sino un lobo viejo temiendo perder a su manada.

—Pero también sé lo que significa la guerra. Luna Oscura no es cualquier manada. Podrían destruirnos en cuestión de días.

Pronunciar el nombre era como invocar una sombra.

—Y ese Alfa… Lysander… —continuó— es salvaje. Cruel. Dominante. No toma lo que quiere; lo reclama. ¿Podrás soportar estar a su lado?

Meissa sostuvo su mirada sin titubear.

—Lo soportaré —respondió—. Lo haré.

No era valentía ciega. Era aceptación. Sabía exactamente a qué se ofrecía. Sabía que no habría ternura, ni protección, ni promesas bajo la luna. Solo un trato. Un sacrificio.

El Alfa Ralf cerró los ojos durante un segundo eterno.

—Voy a pensarlo —dijo finalmente—. Ahora ve a descansar.

Meissa se levantó despacio y salió de la sala sin mirar atrás. No quería ver los rostros compasivos. No quería escuchar lamentos. Su decisión estaba tomada.

**

En su habitación, la noche cayó como un manto pesado. Meissa se dejó caer sobre la cama, mientras su loba rugía en lo más profundo de su pecho, golpeando su espíritu con recuerdos y anhelos rotos.

—Él no nos ama —gruñó su loba interior—. No es nuestro mate.

Meissa cerró los ojos, dejando que una lágrima silenciosa recorriera su sien.

—Lo sé —susurró—. Estaremos bien.

Su loba ronroneó con tristeza, aceptando la verdad. Juntas, se entregaron a un sueño inquieto, cargado de presagios.

**

El amanecer no trajo paz.

El caos despertó a la manada.

Rugidos. Gritos. El sonido inconfundible de pasos apresurados. El olor metálico de la sangre impregnándolo todo.

Meissa se incorporó de golpe y corrió hacia el balcón.

Al asomarse, el corazón se le detuvo.

Lo traían a él.

Lacron.

Su cuerpo estaba cubierto de sangre. Inconsciente. El torso destrozado por garras demasiado poderosas para ser ignoradas.

Varios guerreros lo sostenían, mientras otros abrían paso entre la multitud con rostros pálidos y miradas cargadas de miedo.

El terror la atravesó como una garra invisible.

Sin pensarlo, Meissa bajó corriendo las escaleras.

En el patio central vio al Alfa Ralf, a la Luna Pearl y a Lauryn rodeando el cuerpo malherido.

—El Alfa Lacron se enfrentó al Alfa Lysander de Luna Oscura —informó uno de los guerreros, con voz tensa—. Es tan poderoso que ganó el combate… pero le perdonó la vida.

Un murmullo sacudió a los presentes.

—Dio un ultimátum —continuó—. Vendrá esta noche. Exige elegir: el regalo de paz… o la guerra.

El Alfa Ralf llevó una mano a su pecho. Era un gesto antiguo, reflejo de un miedo que creía haber enterrado hacía años.

—Llévenlo al ala médica —ordenó—. Ahora.

***

En la enfermería, el aire olía a hierbas, a sangre y a desesperación.

Lacron se quejaba con dolor, mientras curaban sus heridas.

Su lobo aullaba desde lo profundo, debilitado pero furioso. Lauryn estaba a su lado, aferrada a su mano como si soltarla significara perderlo para siempre.

Cuando Lacron abrió los ojos, el dolor fue inmediato… pero la furia lo fue aún más.

—No voy a entregarte a otro Alfa —gruñó—. Jamás.

Lauryn rompió en llanto.

—No hay opción, Lacron —sollozó—. Solo hay una salida…

Lauryn respiró hondo, con calma como si buscara la forma de decirlo.

—Entregar a Meissa a Lysander… para calmar su ira.

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