Mundo ficciónIniciar sesiónMeissa abrió los ojos con dificultad, como si el peso entero del mundo se hubiera asentado sobre sus párpados.
Le costó distinguir la luz, y durante unos segundos solo percibió sombras difusas, un vaivén lento que la hizo pensar que aún seguía cayendo. El aire le resultó espeso, ajeno, casi irrespirable, y su pecho se alzó con esfuerzo, como si incluso respirar fuera una tarea que debía recordar.
No supo dónde estaba. No al principio.
El corazón le latía lento, pesado, con una cadencia irregular que le provocó un leve pánico.
Cuando intentó incorporarse, una punzada recorrió su cabeza y descendió por su cuello, obligándola a gemir apenas.
Se quedó quieta, esperando a que el mareo pasara, mientras los sentidos comenzaban a regresar poco a poco.
Entonces lo percibió.
El olor.
La madera antigua de las paredes.
Reconoció su habitación.
La certeza la golpeó con fuerza, y con ella regresó la memoria fragmentada: el bosque, la oscuridad, el ruido, el miedo.
—¿Qué… qué me pasó? —murmuró, con la voz ronca, quebrada, apenas un hilo de sonido que se perdió en la estancia.
A su lado, una figura se movió de inmediato.
Su doncella, que había permanecido sentada junto a la cama sin atreverse a cerrar los ojos durante horas, reaccionó con urgencia. Tomó la mano de Meissa con fuerza, como si temiera que, si la soltaba, ella volviera a desaparecer.
—Gracias a la Luna… —susurró primero, con lágrimas acumulándosele en los ojos—. Los de Luna Oscura vinieron. Nos atacaron en el bosque… fue horrible.
La voz le temblaba al hablar, y apretó aún más la mano de Meissa.
—La encontramos tirada entre los árboles, inconsciente. Temíamos que estuviera herida de gravedad, Lady Meissa. Pensamos… pensamos que no despertaría.
Meissa frunció el ceño y, con esfuerzo, se enderezó un poco más sobre la cama. Ignoró el mareo, ignoró el dolor que aún vibraba en su cuerpo. Negó con la cabeza lentamente.
—No… no es eso lo que importa —susurró.
Sus dedos se tensaron alrededor de la mano de la doncella.
—¿Y él? —preguntó, con un nudo en la garganta—. Lacron… ¿Dónde está Lacron?
La doncella dudó. Esa breve pausa fue suficiente para que Meissa sintiera el golpe antes incluso de escuchar la respuesta.
—Está bien —dijo al fin—. Está con Lady Lauryn. La está cuidando.
Meissa cerró los ojos. No hubo lágrimas. No hubo una reacción visible. Solo un suspiro silencioso que escapó de sus labios, cargado de una resignación antigua.
Algo dentro de ella ya sabía que esa sería la respuesta. Algo dentro de ella había aprendido, hacía tiempo, a no esperar nada distinto.
Asintió despacio.
***
Al día siguiente, el palacio entero parecía respirar caos.
Meissa lo sintió incluso antes de salir de sus aposentos. Los murmullos atravesaban las paredes, los pasos resonaban apresurados en los pasillos, y el aire estaba cargado de tensión.
Las miradas de quienes la cruzaban no eran normales: había miedo, urgencia, un presentimiento oscuro flotando entre todos.
Algo estaba mal.
Terriblemente mal.
Cuando finalmente salió, una sirvienta se acercó con el rostro pálido y la voz entrecortada.
—Lady Meissa… Lady Lauryn está en lo alto de la azotea. Dicen que… que ha perdido la razón.
El corazón de Meissa se detuvo un segundo.
Sin pensarlo, echó a correr. Ignoró el cansancio, el cuerpo aún débil, la punzada persistente en la cabeza. Subió las escaleras con el pecho ardiendo, con una presión familiar oprimiéndole la garganta.
Cada peldaño despertaba un recuerdo, una sensación conocida, una escena que creía enterrada.
Aquella desesperación… se parecía demasiado a su pasado.
“Aquí es cuando ella intenta matarse”, pensó con una claridad cruel.
“Porque sabe que será enviada a la manada enemiga como regalo de paz”
Al llegar a la azotea, el viento la golpeó con violencia.
Allí estaba Lauryn, de pie al borde, el cabello revuelto por las ráfagas, el rostro desencajado por el llanto y el terror.
—¡No me casaré con ese Rey Alfa cruel! —gritaba—. Dicen que es salvaje, malo… ¡Por favor, madre!
La Luna Pearl intentaba acercarse, con los brazos temblorosos, luchando por no perder la compostura.
—Cariño… lo siento —decía con la voz rota—. No puedo evitarlo. El Alfa de Luna Oscura te desea a ti. Es la única forma de conseguir la paz.
El aire se volvió pesado, insoportable.
Meissa avanzó un paso, pero se detuvo cuando la voz de Lauryn se quebró en un grito lleno de rabia y desesperación.
—¡De ninguna manera!
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
Luna Pearl la observó en silencio, evaluándola.
Sus ojos se endurecieron lentamente, y entonces levantó la mano y señaló.
—Ella —dijo con frialdad—. Enviemos a Meissa como la nueva Luna del Alfa Lysander.
El mundo pareció detenerse.
Meissa bajó la mirada. No sintió pánico. No sintió sorpresa.
Solo una aceptación cansada, profunda, como si su destino hubiera estado aguardando ese momento desde siempre. Estaba dispuesta a decir que sí.
Estaba preparada para ofrecerse.
Pero una voz irrumpió antes de que pudiera hablar.
—¡De ninguna manera!
Lacron apareció, el rostro encendido por la furia.
—Meissa no será enviada en matrimonio. Pero tampoco Lauryn. Me enfrentaré al Alfa Lysander y acabaré con esto.
El Alfa Ralf corrió tras su hijo, intentando detenerlo.
Meissa se quedó inmóvil.
Lauryn descendió del borde, los ojos clavados en ella con una mezcla venenosa de celos y desesperación.
—¡Tú! —le gritó—. ¡Tú deberías ser la que vaya! Él es mi mate. Es mío. No me lo vas a robar.
Meissa la miró con serenidad.
—Tienes razón.
Lauryn frunció el ceño, confundida. Luna Pearl también.
—¿Qué has dicho? —preguntó Lauryn.
—Quiero ser Luna de la manada Oscura —respondió Meissa—. No voy a ser pareja de quien no me quiere. El problema es Lacron. Encárgate de que me deje ir. Solo así podrás cumplir tu sueño.
Sin esperar respuesta, Meissa dio la vuelta y se fue.
***
En el salón del trono, el Alfa Ralf estaba fuera de sí.
—¿Por qué te interpones, Lacron? —rugió—. Solo Meissa es una Luna perfecta. Fue criada para esto. Su madre te salvó la vida por esto. ¿Qué clase de Alfa eres?
—¡Padre! Lauryn es mi mate.
—¿Y qué? —replicó Ralf—. No todos los mates permanecen juntos. El destino no siempre concede amor. Meissa te ama como una Luna sabe amar. Lauryn es mimada, débil. Ser Alfa exige sacrificio.
—Padre…
—Sal de aquí.
Lacron obedeció, sin notar a Meissa oculta tras un muro, escuchándolo todo.
Cuando él se fue, ella entró.
Se inclinó con respeto.
—Alfa —dijo—. Vengo a pedir su permiso. Quiero intercambiar mi puesto con Lauryn. Quiero ser enviada como Luna a la manada Oscura.







