Para mayor vergüenza del astil, mi carcajada fue imitada por el resto de los hombres, que no fueron capaces de contenerse.
—Sabía que este viaje sería divertido —declaré, fingiendo ignorar el verdadero peligro al que nos exponíamos.
—Me alegra que su majestad se divierta —respondió el pelirrojo, secándose el agua que cubría su rostro arrugado.
Continué avanzando y él me siguió. Nuestro séquito finalmente se dividió, dejando a unos cuantos hombres a cargo del carruaje y las pertenencias, que ten