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Si bien no podía llamar a gritos a mi esposo y exigirle que me saludara, sí era capaz de atraer su atención, usando las armas que hasta ese momento no me habían fallado. No lo pensé dos veces, me quité el cinturón y zafé los bajos de mi vestido, quedándome prácticamente desnuda, con las piernas exhibiendo su tono dorado, que terminaba por ocultarse en los delicados zapatos ofrecidos por la casa del astil del agua.

— ¿Majestad? —me interrogó Blehien, muy asustada.

Le sonreí para tranquilizarla
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