Noah se levantó de su silla, con movimientos elegantes y calculados. Era alto, de cuerpo delgado y musculoso, con unos ojos de un azul intenso que parecían ver directamente a través de Hazel.
—Así que… —dijo, con voz baja y autoritaria—. Tú eres la que ha estado causando todos los problemas.
Hazel tragó saliva, buscando en su rostro alguna señal de agresión. Pero no encontró ninguna. Solo una inteligencia fría y calculadora que la inquietaba.
—Lo… lo siento —tartamudeó, con la voz temblorosa.
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