El día por fin llegó.
Helena tomó un sorbo del té que le había preparado su madre Linda. Las hierbas calmantes que Mara envió, hicieron efecto y pudo entrar en un estado de calma.
Dio un vistazo a su suegra, ella tampoco estaba tranquila, mientras atendía la llamada, caminó de ida y vuelta en un sitio pequeño.
De lo poco que pudo escuchar de la conversación, dedujo que el operativo de seguridad y la logística del gran evento: la cumbre de la manada, estaba completo.
Gloria colgó y le dio una mirada significativa a Helena.
―¿Estas lista? ―Ella preguntó.
―Lista.
―Mi hijo ya está en el lugar. Ese niño Roger nos escoltará. Así que no te despegues de mí y todo saldrá bien. ¿Entendido?
Helena afirmó asintiendo con la cabeza. Gloria titubeó y tocó el arete de rubí. Claramente estaba nerviosa, pero ambas damas, vestidas con trajes preciosos de gala, emprendieron el viaje.
En la entrada de la mansión, Roger les esperó de pie junto al coche.
Él usó su habitual traje formal y aquella mirada lú