Mundo ficciónIniciar sesiónLa tensión se sintió en el aire.
Helena sintió el temor que un miembro normal tendría ante su Alfa, pero en ese caso, ante la Luna.
Los invitados también lo sintieron, solo algunos tuvieron resistencia, como su marido y el joven; Alfas de nacimiento.
Aun así, Russell inclinó la cabeza con la mirada en el piso, en señal de sumisión como el resto.
El joven simplemente ofreció resistencia, con una mirada de ira hacia la viuda.
Gloria Russell levantó más la barbilla, lista para una batalla si era necesario.
A pesar de su avanzada edad, no tuvo miedo ante el desafío, pues no fue el primero en que la retaban para tomar su puesto como Luna o Alfa de la manada.
―¡Piedad! ―gritó una mujer.
El joven gruñó, a pesar de que la señora lo tomó por el brazo y quiso hacerlo retroceder.
Quiso lanzarse, pero Russell fue rápido al colocarse delante de su madre y su esposa.
Su mera presencia lo detuvo. Sin gruñir, sin sacar las garras, solo colocó su cuerpo como obstáculo.
La mirada de Russell le recorrió con pereza, y no lo tomó en serio.
Esto al joven le hizo hervir la sangre.
―¿En serio me quiere dar ese discurso? ¿Teniendo a la hija del traidor como nuera?
A Helena se le enfrió la sangre.
Nadie la acusó tan abiertamente. Ella no levantó la mirada del suelo, no quería ver el desprecio de los invitados.
―¿Esta es la gran educación de tu hijo, señora Brown? ―cuestionó Gloria, sin molestarse a contestar al cachorro.
La señora Brown inclinó la cabeza en total sumisión, y mantuvo la boca cerrada.
―¡¿Por qué la protege?! ¡Toda la manada se está preguntando eso! ¡¿Señora, acaso usted tiene algo que ver...?!
―¡Ni se te ocurra decir algo más! ―Gloria rugió.
El sonido de su voz se deformó. Erizó la piel de las personas al rededor.
El cuerpo de Helena tembló, nunca había experimentado aquella sensación.
―Tus ofensas se pagarán con muerte ―declaró la Luna embravecida.
La señora Brown gritó y se arrodilló, rogó perdón por su hijo.
Un hombre apreció, su mano tomó la nuca del joven y la inclinó a la fuerza.
Helena vio cómo las venas del cuello del muchacho resaltaron por la fuerza contenida.
―¡Piedad, Luna de la manada Red Moonlight! ―Un hombre rubio y pálido, gritó y se inclinó.
―Será mejor que me des otra excusa, señor Brown, tu hijo me ha ofendido muchas veces en el pasado y ahora no pienso tolerar más.
Helena vio la espalda de su marido, vio la agitación en sus hombros.
Estaba claro que él tenía dificultad para respirar, pensó que estaría enfurecido. Quien no, ella estaba entre el borde del llanto y la ira.
―Entiéndalo, él está afectado por la muerte del Alfa. No ha pasado ni una semana y todavía no encuentran al culpable. Perdónelo por su ignorancia, él se está guiando con la lógica ―pidió con fingida humildad.
Los invitados murmuraron entre sí. Varios estaban de acuerdo con que el joven, tenía un punto. Aunque sospechar de la viuda fue el extremo.
―No es verdad ―murmuró Helena sin pensarlo, los presentes se callaron―. Mi padre nunca traicionó al Alfa. Él siempre veló por la seguridad de la manada. ―Se le quebró la voz.
¿Cuántas veces su papá estuvo fuera de casa para realizar misiones?
¿Cuántos cumpleaños de su madre y ella se perdió?
¿Cuántas veces ella le esperó con un regalo de cumpleaños para él?
¿Por qué la manada era tan ingrata? ¿Cuál era la necesidad de arruinar su memoria?
―Dudar del difunto Beta es inaceptable. ¿Acaso olvidaron los méritos y la lealtad que siempre tuvo hacia la manada? Decepcionante ―acusó Gloria con un rostro severo.
Los invitados guardaron silencio, y nadie se atrevió a contradecir a la Luna. Gloria estrechó la mirada hacia la familia que era una espina en su costado.
―Discúlpate con mi nuera.
La orden tomó por sorpresa a los presentes.
Helena miró a su suegra con sorpresa. ¿Realmente era sincera o era un acto para mantener las apariencias?
El joven apretó los dientes. El señor Brown le murmuró algo. Levantó la cabeza y miró a Helena.
Ella sintió miedo al ver aquella mirada asesina. Buscó refugio detrás de la espalda de su marido, incluso buscó la cercanía de su suegra.
―Me disculpo, señorita Russell ―dijo entre dientes.
Helena percibió cierta burla en sus ojos. Gloria la miró, fue una orden silenciosa. Ella no pudo creer lo que la estaba obligando a hacer.
Aceptar ese tipo de disculpa, que pareció más una amenaza de muerte, le resultó nauseabundo.
―Acepto, tu disculpa. ―Le costó decir aquellas palabras.
―¡Excelente! Podemos relajarnos, la situación está bajo control, nos retiramos ―anunció el señor Brown con una sonrisa impecable en la que mostró sus dientes blancos.
Él se llevó a su familia...
―No tan rápido ―amenazó Gloria―. Tu hijo debe recibir un castigo.
El señor Brown, un hombre mayor bien conservado, se detuvo, pero no se giró.
―Tres meses de arresto domiciliario. Un pie fuera de esa casa y será ejecutado.
―Así será, Luna de la manada Red Moonlight ―confirmó, sin encararla.
A Helena le dio un escalofrío aquella voz suave. La burla fue palpable en cada palabra.
Ellos se retiraron. Los guardias se acercaron a la familia Russell para dar sus respectivos informes.
Todo había sido una falsa alarma.
Pero había provocado una ola en la manada debido a la imprudencia del joven.
Helena se sintió impotente ante la situación, ¿pero qué podía hacer? No podía hacer justicia con sus propias manos, apenas protegía a su madre con una fuerza prestada.
Miró a su jefe/marido; él había permanecido callado en todo el altercado. Funcionó como un muro de protección, para que al joven Brown no se le ocurriera hacer alguna estupidez.
Él no le dirigió la mirada, simplemente se concentró en sus guardias y tomó rumbo hacia un pasillo del hotel.
Ella le siguió.
―Espera ―dijo, pero los guardaespaldas alrededor la miraron por un breve momento―. Cariño.
Intentó simular cercanía.
Russell se dio la vuelta para darle un vistazo.
Su expresión fue tan tranquila, como si aquello nada tuviera que ver con él. Salvo en su mirada, sintió cierta amenazada en aquellos fríos y oscuros ojos.
―Ve a casa, Ulises te acompañará ―dijo Russell.
Aquel joven delgado que le dio las llaves de la habitación se colocó al frente, con las manos detrás de la espalda y una sonrisa amistosa.
Su cabello rebelde no combinó con su traje elegante, pero su aura amistosa sobresalió de aquel grupo de hombres duros.
―Pero... tú, no... No le crees, ¿verdad?
Aquella pregunta causó un silencio entre el grupo.
Los guardaespaldas actuaron sin comando. Le dieron la espalda a la pareja y expulsaron a las personas alrededor del pasillo.
A solas, Russell se acercó a ella con una expresión calmada.
Helena tuvo temor, no quería ninguna fricción entre ambos, pues era su patrocinador, y no podía perder su apoyo.
Además, no era un mal tipo. La protegía a pesar de las sospechas, o eso quiso creer.
Por alguna razón le dio tristeza la idea de ser despreciada por él.
―No solo puedes decir que “no es verdad” si no tienes pruebas. ―Él susurró.
Tomó su rostro con gentileza, acercó sus labios a su frente y le depositó un beso carente de calidez.
―Tuviste suerte de que mi madre estuviera de tu lado. ―Le acarició la mejilla con el pulgar―. Aprende a ser prudente.
Russell retrocedió para retirarse, y Helena lo tomó por la manga de la chaqueta n3gra.
Ella se acercó y con sus manos alisó las arrugas de la camisa sobre su pecho. Ella fingió cercanía, tal como él hizo. Acomodó la chaqueta, él notó que ella estaba al borde de las lágrimas, pero no la consoló.
―Le voy a recordar algo, cariño. ―Ella hizo énfasis en la palabra cariño.
Helena tragó el nudo en su garganta. Se puso de puntillas, pero al no alcanzarle, depositó un beso en la punta de sus dedos y extendió la mano, para colocar ese beso indirecto entre la mejilla y la comisura de aquellos labios.
―Yo confío en usted ―Los ojos acuosos de Helena se tornaron amenazadores.
Russell no dijo nada, ella tampoco.
Lo soltó, se dio la vuelta y se retiró con Ulises, siendo tan callado como su sombra.







