Helena luchó con todas sus fuerzas.
Sus manos se aferraron a las gruesas muñecas, impidiendo que su cuero cabelludo fuera estirado.
Intentó girarse para colocarse de rodillas y poder levantarse del suelo, pero la fuerza de aquella mano la arrastró. Su espalda se deslizó sobre el césped y las piedras diminutas. Intentó patear la pierna de su oponente, pero no lo logró.
―¡Señora, ya fue secuestrada! ―ladró Roger.
Él le soltó el cabello y bufó en desaprobación. Helena se quedó tendida con la cara